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Piezas en diálogo

Piezas en Diálogo, Julio a noviembre de 2019

 
 


 



El programa de Piezas en diálogo busca establecer nuevas relaciones temáticas y de interpretación entre el conjunto patrimonial de piezas de historia, arte, etnografía y arqueología de las colecciones del Museo Nacional y del ICANH. Durante el 2019, las Piezas en diálogo se dedicarán a conmemorar acontecimientos de construcción de identidad política, cultural o artística significativos para la nación colombiana.




JULIO-DICIEMBRE DE 2019
Colección de Arqueología e Historia
Sala Ideologías, Arte e Industria (1910-1948), Tercer piso

   
 


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El Pantano de Vargas: arqueología de los 
campos de batalla


La batalla del Pantano de Vargas sucedió el 25 de julio de 1819, en el límite de los actuales municipios de Paipa y Tibasosa (Boyacá, Colombia). El combate se libró entre las tropas independentistas y realistas, en el marco de la campaña libertadora que buscaba la independencia de la Nueva Granada frente a la monarquía española. Este combate fue decisivo para el Ejército Libertador, que sufrió durante toda la batalla las inclemencias de un clima de fuertes lluvias y las dificultades de un terreno cenagoso, típico de las áreas inmediatas al humedal. La batalla, que Bolívar observaba con preocupación, ya que los patriotas la estaban perdiendo, tuvo un cambio de rumbo gracias a la arremetida del recién ascendido coronel Juan José Rondón y sus lanceros. El Ejército Libertador resultó victorioso y se dirigió al Puente de Boyacá. En esa zona, el 7 de agosto del mismo año tuvo lugar la confrontación final que le otorgó la victoria que fundamentó la libertad de la actual República de Colombia frente a la Corona española.

Esta batalla representa un hecho emblemático en la historia nacional y, por esta razón, el equipo de investigación arqueológica liderado por José Vicente Rodríguez y Luis Daniel Borrero quiso buscar más información para entender este suceso. A través de un proyecto de investigación desarrollado en el lugar de la batalla, los arqueólogos recuperaron evidencias materiales, las cuales analizaron en su contexto, ofreciendo nuevas perspectivas en este campo de investigación, donde la interlocución entre la arqueología y la antropología física aportan datos sobre las personas involucradas en la batalla y, por supuesto, sobre los hechos históricos. La arqueología de los campos de batalla ha contribuido al estudio del conflicto humano y de las particularidades que tienen las sociedades para ejecutar una guerra, a partir de nuevas evidencias materiales.



De los llanos del Casanare al Pantano de Vargas

Entre 1813 e inicios de 1819 los Llanos de Venezuela y la Nueva Granada se convirtieron en el refugio de patriotas exiliados, así como en un territorio de aprendizaje de las artes de combate, de la organización y la disciplina militar. Francisco de Paula Santander, quien inició su carrera oficial como subteniente de infantería, alcanzó el rango de general de brigada por su arduo trabajo. Fue nombrado jefe de la vanguardia del Ejercito Libertador de la Nueva Granada por Simón Bolívar el 25 de agosto de 1818 y, unos meses después, el 1º de noviembre, fue proclamado jefe de las tropas del Casanare. De esta manera, se integraron andinos y llaneros de ambos lados de la frontera para enfrentar al ejército realista. 

 

 


José María Espinosa Prieto (1796-1883)

Francisco de Paula Santander

25.5.1853

Pintura (Óleo y tela)

Donado por Manuela y Teodolinda Briceño Santander (19.4.1887)

Reg. 243



Así inicia la campaña libertadora del Casanare. Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander vieron con buenos ojos esta empresa, no solo por la reunificación de sus tropas, sino porque la metamorfosis de los indómitos llaneros en soldados disciplinados fue una ventaja que rendiría frutos cuando las tropas patriotas llegaran al centro de la Nueva Granada. Entre tanto, el general José María Barreiro, líder de los realistas, consideraba que Bolívar en Venezuela había perdido poder y liderazgo. En cualquier caso, estaba a punto de iniciar una serie de combates que definiría la historia de la actual República de Colombia. 

 


Desconocido (-)

Vista general de los Llanos – Provincia de Casanare

1953

Impreso (Tinta de impresión)

Reg. 1303.032



El 25 de mayo de 1819, bajo el mando del general Bolívar, se inició en El Mantecal (Venezuela) los preparativos para llegar al centro de la Nueva Granada y sorprender al enemigo. Las condiciones para la realización de la expedición militar eran muy precarias. Las inclemencias del clima, la falta de preparación militar de los reclutados, el poco ánimo de las tropas para atravesar la cordillera y la carencia de armas hicieron que la campaña fuera un gran reto, razón por la cual muchos soldados del bando patriota desertaron en el camino. El paso desde los llanos parecía un sueño, no solamente por las dificultades expuestas, sino porque los realistas concentraban 4000 hombres en la frontera norte, para detener el ingreso de las tropas independentistas al territorio de los actuales departamentos de Boyacá y Cundinamarca. En Tunja y Santafé los realistas tenían agrupados otros 3000 soldados esperando las tropas de Bolívar.

El 22 de junio, las tropas independentistas iniciaron el ascenso de los Andes luchado contra las inclemencias del clima, el hambre y las dificultades del camino. Algunos soldados desertaron, otros murieron durante la travesía y los que sobrevivieron no soportaban ni siquiera el peso de las raciones de comida, así que las arrojaban al camino para quedarse solamente con el fusil, la lanza o el arma que llevaran consigo. El ganado llanero se dispersó en el camino y los caballos fueron perecieron durante la jornada. 


 


Desconocido (-)

Sierra nevada de Chita o Güican, tomada desde Moreno –
Provincia de Casanare

1953

Impreso (Tinta de impresión)

Reg. 1303.024



El 27 de junio, la vanguardia independentista liderada por Santander se enfrentó en Paya (Boyacá) con una avanzada del ejército realista. Esta batalla, con pocas bajas de ambas tropas, según la opinión de algunos analistas militares, abrió las puertas para la conquista del Virreinato de la Nueva Granada. Entre tanto, la retaguardia comandada por Bolívar se encontraba en una precaria situación. Los llaneros venezolanos no estaban acostumbrados al frío andino, el ganado y los caballos se habían dispersado, razón por la cual no tuvieron que comer. El desanimo de las tropas obligó a Bolívar a convocar una reunión con Santander para discutir el camino a seguir. Santander se reunió con los oficiales de sus tropas, quienes unánimemente pidieron continuar con la lucha. A partir de esta decisión, la tropa granadina atravesó la cordillera a la vanguardia, con el ánimo de explorar el territorio de la Provincia de Tunja y no comprometer a los llaneros. Muchos perecieron en el camino, la caballería disminuyó con la perdida de caballos, monturas y municiones. Este panorama desolador cambió con la presencia de Bolívar, quien alentó el espíritu de los independentistas. 

Las tropas patriotas llegaron a Socha el 6 de julio. Ese día el frío era tan agudo que la gente usaba ruanas de cuero de ovejo, con la lana puesta hacia el interior y pegada al cuerpo para calentarse; el cuero del animal, que daba hacia el exterior, permitía que el agua lluvia escurriera con mayor facilidad por él. En Socha, el párroco del pueblo, al ver el estado de las tropas, convocó a la población para que entregaran ropa a los patriotas. Reunieron tres carretas con ropa, incluidas las enaguas de lana de las mujeres. Bolívar era consciente de la magnitud de la perdida de soldados, por lo que restableció su ejército con campesinos boyacenses. Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en las campañas libertadoras, ya que entregaron sus hijos para que se alistaran en las filas patriotas, dieron cobijas, ropa, caballos, cocinaron y albergaron a los enfermos. Bolívar admiró el sentimiento patriota de las mujeres de la Nueva Granada, muchas de ellas ejecutadas durante la guerra, como Policarpa Salavarrieta, conocida como la Pola. En este nuevo reclutamiento, las tropas alcanzaron 2446 hombres, con quienes combatió Bolívar en Corrales, Gámeza y Molinos de Tópaga entre el 10 y 11 de julio.

 

 


Carmelo Fernández (1808-1887)

Vista del terreno en donde se dio la acción de Boyacá, 
la que dio libertad al país: Tunja

1851

Acuarela (Acuarela / Papel)

Reg. 9305


El 20 de julio, después de un breve descanso, las tropas independentistas reanudaron la campaña tratando de enfrentar a Barreiro, con el fin de llegar a Tunja por el camino de Toca y cortar las comunicaciones de los realistas con Santafé. Una avanzada de 40 infantes, enviada para acechar a las tropas realistas, fue derrotada en la Cruz de Murcia, un cerro ubicado frente al Pantano de Vargas. Tan solo un soldado sobrevivió, quien le dio aviso a Bolívar sobre la presencia enemiga. Así, el Libertador decidió tomar el camino de Tibasosa a Paipa, para lo cual debía cruzar el río Chicamocha, crecido por ser época de lluvias. 

Las tropas independentistas que llegaron a este punto estaban integradas por 1000 hombres de infantería y 100 de caballería, que constituían la vanguardia al mando de Francisco de Paula Santander. En la retaguardia, bajo el mando de José Antonio Anzoátegui, hubo 970 hombres de infantería y 300 de caballería, en su mayoría venezolanos, para un total aproximado de 2400 soldados. Los días 23 y 24 de julio, las tropas se dedicaron a la construcción de balsas de chusque y cuero para cruzar el río. El 25 del mismo mes, las embarcaciones estuvieron listas a primera hora, por lo que se decidió atravesar el río por el sitio de Puente de la Balsa. 

La derrota en el sitio denominado Cruz de Murcia fue aprovechada por José María Barreiro, quien ubicó sus tropas en posiciones estratégicas en los cerros del Picacho y del Cangrejo, con el fin de bloquear el paso de los republicanos por la quebrada Varguitas y el sendero que bordeaba el pantano. El bando realista, dirigido por el coronel Barreiro, estaba integrado por cerca de 1300 hombres de infantería y más de 400 jinetes, la mayoría de ellos eran granadinos disciplinados que conformaban la Tercera División del Ejército Expedicionario.

La estrategia de Bolívar se encaminó a apoderarse del cerro del Picacho mediante una avanzada de la vanguardia comandada por Francisco de Paula Santander. El general de brigada José Antonio Anzoátegui, desde la retaguardia, atacaría a los realistas ubicados en el cerro del Cangrejo; el coronel Arturo Sandes, comandante del Batallón Rifles, avanzaría por el ala derecha; el Batallón Barcelona, liderado por el coronel Ambrosio Plaza, se situaría en el centro, y en la reserva estarían el 1° de Línea, los Bravos de Páez y la Legión Británica. Siguiendo esta estrategia, Bolívar reservó la caballería, que se hallaba bajo sus órdenes inmediatas, para el ataque final.

En el Pantano de Vargas el combate fue reñido y los hombres heridos de las tropas independentistas rodaban por la ladera septentrional del cerro del Picacho. Ante las sucesivas derrotas, Bolívar ordenó apoyar a la infantería con los Bravos de Páez, comandados por el coronel Justo Briceño, y la Legión Británica, comandada por el coronel Jaime Rooke. Al observar que las tropas realistas cedían terreno, Barreiro dispuso el envío de dos compañías del Numancia y de escuadrones de dragones comandados por el coronel Salazar, para detener la nueva acometida de los republicanos. 

De acuerdo con las condiciones iniciales del combate, la victoria estaba dada a favor de los realistas. Por lo cual, Barreiro ordenó a la caballería rematar a las montoneras. La caballería independentista, al mando de Rondón, logró penetrar la ofensiva realista y destruyó a su paso las escuadras, siendo apoyada por el resto de la caballería e infantería al mando de Mujica, Infante y Carvajal. La carga fue tan arrolladora, que los realistas fueron desalojados del camino y del cerro del Cangrejo. La acción conjunta de los frentes de infantería (comandados por Santander y Rooke sobre el Picacho) y la caballería (comandada por Rondón y Carvajal sobre el camino real) decidió la suerte de la batalla entre las cinco y las seis de la tarde, hasta que se desató la tempestad que obligó a ambas tropas a retirarse y reagruparse.



Arqueología de los campos de batalla: el caso del Pantano de Vargas


A partir de la investigación arqueológica de los campos de batalla, el equipo de arqueólogos de la Universidad Nacional de Colombia, en cabeza de José Vicente Rodríguez, realizó una recopilación y análisis documental sobre lo escrito en diferentes periodos sobre la batalla del Pantano de Vargas y el papel que este hito militar jugo dentro de la campaña libertadora. Posteriormente, este equipo de investigación efectuó la reconstrucción paleoambiental del paisaje circundante al pantano, mediante la interpretación de fotografías aéreas y mapas topográficos militares levantados en 1919. De esta manera, determinaron que la quebrada Varguitas y el río Chicamocha inundaban el valle de un flanco de la montaña al otro. De aquí que el lugar fuera históricamente llamado Pantano de Vargas. Este espacio solo se podía cruzar de lado a lado en canoa o bordeándolo por el occidente, siguiendo el camino real (actual carretera Paipa-Duitama).

Adicionalmente, los arqueólogos realizaron un recorrido pedestre por los sitios del combate. Los recorridos fueron llevados a cabo de acuerdo con las narraciones históricas, apoyados en la tradición oral –especialmente, de don Bartolomé Hurtado, hombre mayor y oriundo de la región– y por medio de las referencia documentales de Manuel Ancízar establecidas a mediados del siglo XIX. Así, el equipo realizó una prospección del terreno, en donde se hallaron restos de balines de diferentes calibres usados en el combate. La ubicación de restos objetos facilitó la determinaron de la extensión real del campo de batalla y los lugares donde la lucha fue más enconada. De igual forma, se hicieron pruebas en el terreno que constaron la presencia de pequeños pozos de sondeo realizados entre el cerro de Bolívar y el cerro de Los Sepulcros: los resultados mostraron que esta zona era anegadiza, ya que se hallaron evidencias de nivel freático muy alto en suelo. A partir de estos datos, se dedujo que aquel domingo, 25 de julio de 1819, el escenario del combate debió reducirse a un área aledaña al estrecho camino colonial que cruzaba el terreno.

Las investigaciones arqueológicas también buscaron sitios con intervención masiva de los suelos en el área de los combates, mediante técnicas de fotointerpretación, con el objetivo de hallar fosas comunes. Así, en predios de la familia Camargo, al lado de un antiguo canal de desagüe (vallado) y el actual carreteable de El Gachal, fue hallada un área de suelo de coloración oscura frente a la superficie aledaña. Este rasgo tiene 9,7 x 45 metros aproximadamente y, según los sondeos, contiene arcilla gris del antiguo pantano que reposa sobre un horizonte seco depositado por coluviación a unos 1,50 metros de profundidad. Estos hallazgos, que ponen en evidencia una acción de origen antrópico en la remoción de suelos, son fundamentales para la arqueología de campos de batalla, pues pueden indicar la presencia de las fosas comunes en donde fueron enterrados aproximadamente 500 soldados caídos en combate. Sin embargo, este depósito no ha sido excavado aún.

El grupo de arqueólogos de la Universidad Nacional planea seguir con las investigaciones en el Pantano de Vargas. El objetivo será reconstruir el teatro de operaciones basados en la distribución de proyectiles de la época, de acuerdo con su tamaño, peso, grado de deformación y ubicación en el terreno. Estas variables permitirán, a su vez, delimitar las diferentes posiciones militares de los contendientes, especialmente las ocupadas sobre los cerros. Por su parte, las excavaciones de los restos humanos en las fosas comunes brindarán información más precisa sobre los perfiles de las poblaciones, las condiciones de vida y la causa de muerte de los diversos actores del conflicto; esto permitirá recuperar un tipo de información valiosa sobre la memoria de estos personajes de la historia patria.

La investigación arqueológica de los campos de batalla y las gestas de Independencia aún tiene vacíos por llenar, pero su desarrollo ha brindado elementos fundamentales que han podido ser contrastados con otras fuentes de información. Por ejemplo, se ha logrado definir la manera como los combatientes se movilizaron en el terreno y las tácticas que desarrollaron para desenvolverse bajo las condiciones geográficas particulares. Este tipo de estudios también ha proveído evidencias sobre la pérdida de mando y control de tropas, así como sobre la desintegración táctica de las tropas en ambos bandos. En sentido general, esta arqueología ha ofrecido una gama de evidencias materiales que verifica o desmiente la información documental. 


La arqueología del Pantano de Vargas y algunas de las armas usadas en combate


En la exposición de Piezas en Dialogo, se representan gráficamente la distribución de las tropas y la evidencia arqueológica encontrada con respecto a su localización. Adicionalmente, se exhiben algunas armas utilizadas por las tropas de infantería y caballería de lanceros, quienes jugaron un papel significativo en el manejo de la topografía para lograr la victoria del ejército independentista. 

Los patriotas contaban con 2400 hombres al mando de Francisco de Paula Santander y José Antonio Anzoátegui. Los realistas, dirigidos por el coronel José María Barreiro, tenían en sus filas 1800 soldados. Ambos grupos lucharon durante todo un día, bajo la inclemencia del clima, en los cerros empinados y en el barro del pantano. La lluvia permanente fue fiel testigo de los caídos y los vencedores ese 25 de julio. 


 


Reconstrucción de la batalla del Pantano de Vargas con las balas halladas en el sitio
Universidad Nacional de Colombia – Departamento de Antropología 



A partir de documentos históricos y hallazgos arqueológicos fue posible estimar la movilidad de los ejércitos y la dirección de los ataques de cada uno. Así mismo, el análisis espacial y paleoambiental permitió establecer cómo era el sitio en el que se desplegó de batalla, así como los cambios morfológicos y de vegetación que ese terreno sufrió a lo largo del siglo XX. El lugar era un gran humedal localizado entre las montañas, lo cual representó un aspecto estratégico para la batalla. La rudeza de las condiciones físicas y el clima por poco hicieron que los independentistas perdieran la batalla; sin embargo, ellos finalmente aprovecharon los factores ambientales para arreciar el ataque contra el enemigo.


 


Tower (-)

Fusil de chispa

ca. 1810

Fundición y talla (hierro, acero y madera)

Reg. 17



Los fusiles de fabricación inglesa, algunos denominados comúnmente como Brown Bess, de tercer modelo India Pattern, de calibre .75, fueron ampliamente usados por los legionarios británicos y las tropas independentistas. En la excavación arqueológica del Pantano de Vargas fue encontrado un guardamonte, que corresponde a ese tipo de fusil. La bayoneta, que es un accesorio que se inserta en la punta del fusil y favorece al soldado de infantería en el combate cuerpo a cuerpo, también fue muy utilizado por las tropas de ambos bandos. Con el empleo de ambas armas, los soldados se organizaban formando un cuadrado para defenderse de los embates de la caballería. 


 

Proceso de elaboración de una bala de fusil por 
el arqueólogo 
Luis Daniel Borrero 

 

Proceso de elaboración de una bala de un cartucho por 
el arqueólogo 
Luis Daniel Borrero 




En las excavaciones arqueológicas se recuperaron 12 proyectiles de diferentes calibres, correspondientes a fusiles norteamericanos (Springfield) y británicos (presumiblemente Brown Bess). Para la elaboración de estas balas, se derretía el plomo vertiéndolo en una Turquesa y de este proceso resultaba una esfera. Las balas eran envueltas en un cartucho de papel que contenía la pólvora necesaria para realizar el disparo. Estos cartuchos se introducían por la boca del arma y el disparo era producido por el golpe interno de una piedra contra el rastrillo del fusil, que provocaba las chispas que encendían la pólvora.


 

 


Desconocido (-)
Lanza de hierro que perteneció a Francisco

Tomás Morales
ca. 1819

Forja (hierro y madera)
Reg. 60

 


En los llanos, las lanzas se manufacturaban con madera de palma, ya que esta era liviana y resistente y, cotidianamente, se usaban para arrear el ganado. Como armas, estas lanzas incluían una punta de hierro forjado. Durante las guerras de Independencia fueron empleadas por ambos bandos como el arma esencial de la caballería. Su fácil elaboración dotó rápidamente de instrumentos de combate a las nuevas tropas reclutadas. Los ejércitos independentistas maniobraban lanzas de mayor longitud, lo cual les otorgó a las unidades de lanceros patriotas (sobre todo a los llaneros) una ventaja sustancial en el combate frente a las tropas realistas.



 


Desconocido (-)

Sable que perteneció a Miguel de la Torre

ca. 1818

Forja (acero, latón)

Reg. 31


 

 

Desconocido (-)

Sable antiguo

Siglo XIX

Forja y talla (hierro, acero y madera)

Reg. 2555



El sable fue un arma comúnmente utilizada por la caballería. La curvatura de la hoja lo diferencia de la espada. Estos dos ejemplares, de fabricación inglesa modelo 1796, dan cuenta de las diferencias sociales entre oficiales y soldados. Uno de los sables presenta grabados detallados en la hoja y, a su vez, la empuñadura está hecha de piel de raya o de tiburón, características asociadas a un rango mayor; el otro es completamente liso y tiene una empuñadura de cuero de res, que denota una jerarquía menor. 


 

 

Desconocido (-)

Espada que perteneció a Francisco Mariño y Soler

ca. 1831

Forja (hierro y acero)

Reg. 35


 


Fabricación inglesa (-)

Machete naval

ca. 1804

Forja (hierro y acero)

Reg. 3708



La espada se caracteriza por tener una hoja recta con uno o dos filos. Era empleada por los oficiales de infantería para dirigir maniobras, por las tropas de caballería como arma de corto alcance y por la marina como arma de abordaje. Las espadas no eran de dotación constante y se entregaban en el momento del combate. Esta espada es de origen naval, presenta un doblez en el protector de la mano por haber estado colgada al cinto de forma permanente. 



A manera de conclusión


La celebración del Bicentenario de Independencia desde el Museo Nacional de Colombia invita a una reflexión sobre algunos de los acontecimientos que sucedieron en 1819. La batalla del Pantano de Vargas fue uno de estos grandes sucesos históricos que permitió la independencia de la actual nación de Colombia de la monarquía española. A través de la exposición de la arqueología de la Batalla del Pantano de Vargas en estas Piezas en Diálogo, se presentó una breve historia de dicho suceso y se expusieron algunos de los objetos utilizados en las guerras de Independencia, desde la perspectiva de la Curaduría de Arqueología. 

En esta exposición se han mostrado algunos hechos históricos que resumen lo sucedido en el territorio de la Nueva Granada, desde la campaña del Casanare hasta la batalla del 25 de julio de 1819 en el Pantano de Vargas. Así mismo, desde la perspectiva de la arqueología de los campos de batalla se presentaron los hallazgos arqueológicos relevantes que han brindado pruebas materiales de la guerra y el conflicto en el marco de los procesos de Independencia. Aquí, los datos arqueológicos fueron contrastados con las evidencias históricas para ampliar el relato del suceso de la batalla del Pantano de Vargas. Esto ha permitido ampliar las conclusiones que hasta el momento tenemos sobre ese día histórico y las significativas repercusiones que tuvo en la batalla del Puente de Boyacá, aquel 7 de agosto de 1819. 


AGRADECIMIENTOS

José Vicente Rodríguez, Universidad Nacional de Colombia
Luis Daniel Borrero, Universidad Externado de Colombia


CRÉDITOS

VIDEOS, IMÁGENES, INFORMACIÓN Y PIEZAS DE APOYO SUMINISTRADAS POR 
José Vicente Rodríguez, Universidad Nacional de Colombia
Luis Daniel Borrero, Universidad Externado de Colombia 



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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Curadores: Natalia Sofía Angarita, Instituto Colombiano de Antropología
e Historia; Francisco Romano, Museo Nacional de Colombia. Departamento de Arqueología.

Fecha: De julio a diciembre de 2019

Lugar: Sala Ideologías, Arte e Industria (1910-1948) | Tercer piso

Costo: Adultos: $4.500 | Estudiantes: $3.500 | Niños (de 5 a 12 años): $2.500





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