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Un nuevo paso hacia el Museo donde cabemos todos

 


El 9 de abril de 1948 se tenía previsto que el Museo Nacional de Colombia abriera sus puertas en su sede definitiva, la antigua Penitenciaría Central de Cundinamarca, conocida como ‘El Panóptico’. Sin embargo, debido a los acontecimientos del Bogotazo, esa inauguración tuvo lugar hasta mayo.

Este 9 de abril de 2019, 71 años después, el Museo Nacional de Colombia los invita a la presentación de seis nuevas salas, todo un piso completo y un nuevo museo actual y visible donde cabemos todos.

Este nuevo paso se da en el marco del proceso de renovación integral del Museo Nacional, que invita al diálogo entre las colecciones de arte, historia, etnografía y arqueología, en torno a temáticas variadas, con el fin de ofrecer al visitante una narrativa incluyente, participativa y dinámica, que invita a reflexionar, celebrar y reconocer lo que hemos sido, somos y seremos como país.


¡El proceso de renovación del Museo Nacional de Colombia sigue adelante!




Discurso de presentación de las nuevas salas del Museo Nacional por parte de Daniel Castro Benítez, director del Museo Nacional. 


Esta es una ocasión muy especial para el Museo Nacional de Colombia, y lo es porque hoy hacen presencia unos ingredientes adicionales a los que, por lo general, confluyen en los eventos que cotidianamente convocamos, como, por ejemplo, aquel que se llevó a cabo exactamente hace una semana, cuando, en el marco de los Homenajes Nacionales, inauguramos una exposición temporal dedicada al maestro antioqueño Pedro Nel Gómez. A través de este tipo de eventos un museo como el nuestro se vitaliza y se muestra dinámico.

Hace 71 años se había previsto abrir las puertas del Museo Nacional de Colombia en este edificio, que dejaba atrás un pasado ominoso y terrible (haber sido una lóbrega prisión), para convertirse en un museo donde se reunirían las dispersas colecciones nacionales que se habían venido integrando como un importante y valioso patrimonio desde el momento mismo de su creación en 1823. Ese 9 de abril todo estaba listo para recibir a los invitados especiales de la IX Conferencia Panamericana que se daba cita en Bogotá; sin embargo, pasada la una de la tarde y a escasas cuadras de este lugar, cayó abatido Jorge Eliécer Gaitán. El resto de esa historia es bastante conocido, ampliamente investigado e incluso magistralmente novelado por varios y talentosos autores colombianos.

Ese hecho une en su esencia tres conceptos: la memoria, la historia y el museo.

¿Qué le ha sucedido al país durante esos 71 años transcurridos entre el 9 de abril de 1948 y el 9 de abril de 2019? Así mismo, ¿qué ha sucedido con esos tres conceptos que, en fechas clave como la de hoy, constituyen unos referentes inevitables, por medio de los cuales, como esa agua que corre debajo del puente, siguen fluyendo sin descanso las transformaciones sutiles o estructurales que van más allá de lo puramente material, llevando sedimentos y reflejando en su superficie los cambios del tiempo y las personas que se acercan a sus orillas?

La memoria, la historia y el museo se pueden ver igualmente reflejados en esa imagen heracliteana del río. Recordemos esa sentencia de Heráclito, según la cual nadie baja dos veces de la misma manera al mismo río o a la misma orilla. El río puede ser el mismo, pero las circunstancias de mi experiencia como individuo han cambiado desde la última vez que baje a esa orilla; de igual modo, el flujo de ese río, independientemente de que lo llamemos de una u otra manera, cambia a cada segundo y minuto mientras lo observo.

Así como el tiempo cambia, se transforman también las maneras de interpretar los conceptos y, con ello, lo que definen.

Sin entrar a hacer una disquisición filosófica sobre estas cuestiones, es conveniente revisar de manera breve qué ha sucedido con las maneras de interpretar los conceptos de memoria, museo e historia.

En primer lugar, el tema de la memoria se ha convertido en un asunto que cada vez tiene más relevancia y trascendencia en sociedades como las nuestras. Muchos los teóricos, entre ellos el francés Paul Ricouer, nos invitan a desplegar el concepto en una pluralidad de interpretaciones. Se habla de memoria e imaginación, así como de la representación presente de una cosa ausente. Esto nos trae la idea de recuerdo y, con ello, lo que significa rememorar y conmemorar: dos actos que parecen verse sobre la misma superficie bruñida de un espejo, pero que implican formas de comprensión diferentes. La rememoración puede ser una evocación que me trae una sensación o un deseo fugaz de manera diacrónica, es decir, que puede llegar en cualquier momento; por su parte, la conmemoración convoca actos o situaciones sincrónicas. Un nueve de abril es casi igual a otro nueve de abril por lo que conlleva en términos de memorización o memorializacion. Así mismo, se habla de los usos y abusos de la memoria, así como de los sujetos que me ayudan a ejercerla: el yo, los colectivos y los allegados, mi círculo cercano.

Algo similar ocurre con el concepto del museo. Ese lugar inicialmente delimitado como un espacio físico que, de manera técnica, es descrito como un ámbito destinado al estudio de las ciencias y las letras. Este concepto se une a esa otra clasificación, más directa y obvia, como espacio que guarda o mejor acumula colecciones científicas, artísticas y, en general, de valor cultural. Sin embargo, ya son otras las maneras de comenzar a entender y vivir espacios como el Museo Nacional. Hoy en día, quienes estudian la ciencia de los museos nos dicen que estos lugares, en virtud de su funcionalidad, pueden ser recorridos como un texto, es decir, se puede transitar por ellos de muchas maneras y recibir múltiples interpretaciones: tienen muchos caminos posibles. También se propone que el museo sea una estancia para perderse y encontrarse con los otros, un lugar de conexiones subterráneas y parajes imaginarios.

Así pues, el museo es entendido como muchos museos en uno, como un espacio babélico, como un ámbito conjetural. El museo es un proyecto interminable. Y una de las definiciones que más impacto ha tenido en su forma de vivirlo y entenderlo es aquella que lo considera no como un templo, sino como un ágora, como una gran plaza en la que la vitalidad de una comunidad tiene lugar y no solo como un espacio reverencial y silencioso.

De los tres conceptos nos queda la historia. Una vez hecho el ejercicio anterior, es posible transponer algunas de las interpretaciones realizadas en torno a la memoria y el museo. Estas encajarán admirablemente con lo que es visto exclusivamente como una narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados. La definición no es mía sino del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En todo caso, no descartemos la definición de la historia como esa disciplina que estudia y narra esos sucesos.

La historia se alimenta de los testimonios, de las pruebas documentales, de las huellas, de lo que se define mediante ejercicios de representación. Podemos, como en los casos del museo y de la memoria, hablar de una y muchas historias. Y es aquí donde llegamos a una situación aparentemente compleja. Cuando buscamos singularizar cada uno de esos conceptos, entramos en terrenos inevitablemente movedizos, espinosos y problemáticos. Si hablamos solo de una memoria, un museo y una historia, no propiciaremos la activación de otros conceptos que hacen parte de nuestros principios constitucionales y son savia de nuestros ejercicios ciudadanos y democráticos: la inclusión, la diversidad y la equidad.

Es aquí donde debemos ejercer una pedagogía que no claudique ni desfallezca jamás: la de compartir que ya la memoria no es única, que el museo, por más nacional que sea su sello y por mucho que parezca indivisible y unívoco, es también una pluralidad, y que la historia no es solo la que se cuenta desde una óptica y una sola perspectiva. Con esta pedagogía se evitan los peligros de la historia única. Este es un mensaje que, en el pasado Hay Festival, compartió la maravillosa escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie con la ministra de Cultura Carmen Inés Vásquez en el Barrio Nelson Mandela. Dice la escritora Chimamanda Ngozi Adichie que, por medio de esos peligros, hablar de una historia única es hablar de poder, de reduccionismos y de estereotipos, que, más allá de que no sean faltos, siempre son incompletos. El riesgo de esa historia única nos impide y dificulta reconocer nuestra común humanidad.

Por esto, reitero, hoy es una ocasión supremamente importante para el Museo Nacional de Colombia, ya que, al presentar el conjunto de los avances en esta gran tarea de renovación integral, estamos subrayando el hecho de que el Museo Nacional no solo es responsabilidad mía, ni tampoco solamente de la señora ministra de Cultura, ni del actual gobierno del presidente Iván Duque, sino que es un espacio donde se suman y, en lo posible, no se pretende restar. Y es porque esa suma es la del ejercicio de identificar que cada ciudadano dialogue, reflexione, celebre y reconozca no solo las memorias e historias de los otros, sino que traiga también las suyas por medio de sus experiencias y conocimiento.

Un lugar donde se suma y no se resta es un espacio que evita la voz de autoridad restrictiva y la arrogancia. Muchas personas me han dicho que si realmente en el último tiempo la tarea fue concebir y producir solo tres nuevas salas, por qué estoy sumando seis más. Debo reconocer que fui malo en matemáticas en mis épocas escolares, pero el mensaje que quiero transmitir en este momento es que, tal como le dije Mariana Garcés, quien era ministra de Cultura cuando llegué a la dirección de este lugar a finales del 2015, no solo me he propuesto recoger el trabajo que realizaron mis antecesoras inmediatas, sino que tengo la obligación de no olvidar lo que en su momento aportó el primer director del museo, Mariano de Rivero, así como lo que hicieron los diferentes funcionarios que han estado a cargo de esta institución, como el hermano de Antonio Nariño; Fidel Pombo, quien era el hermano del poeta; Ernesto Restrepo Tirado, el diplomático e historiador de comienzos del siglo XX; y, hacia mediados del siglo pasado, el trabajo llevado a cabo por Teresa Cuervo Borda y Emma Araújo de Vallejo. Me he esforzado, pues, en sumar la tarea realizada por todos los directores y sus equipos de trabajo en esta institución muy pronta a cumplir 200 años de creación, de la misma manera que nuestra república. Me he esforzado por recoger los avatares de las muchas sedes y el ejercicio responsable y profesional que desempeña hoy este equipo admirable que me acompaña.

El proceso que se inició en el 2014 con la sala Memoria y nación, al que luego se sumó, en marzo de 2016, la sala Tierra como recurso, se complementó en el 2018 con la Mirada panóptica al arte en el museo y con Tiempo sin olvido, y hoy se fortalece con la apertura de Ser territorio y Hacer sociedad, nuevos espacios del museo, destinados a dar lugar a otras narrativas más amplias, que intentan dar cuenta de los que es Colombia hoy en día.

Vienen aquí los agradecimientos: en primer lugar, a mi gran amigo y coequipero de muchos años Camilo Sánchez, con quien, en su momento, también trabajé en la renovación de la Casa del Florero Museo de la Independencia en el 2010. Y con él debo agradecer a todo el equipo que ha liderado admirablemente y con una dedicación ejemplar. Son muchos, pero debo mencionar, muy en especial, a María Paola, Digypsi, Alan, Vanesa, Óscar, Leonardo y Roberto.

A los respectivos equipos curatoriales, liderados por María Paola Rodríguez, Rodrigo Trujillo, Francisco Romano y Andrés Góngora. Con ellos he tenido difíciles pero fructíferas conversaciones que, luego de gran esfuerzo, nos permiten darle forma a esos guiones con estas narrativas que buscan la inclusión, las múltiples voces y la representación amplia.

A nuestros proveedores: Lester y Carolina de Inc Decals y a todo y cada uno de los miembros del equipo de Vicente Porras y su empresa PorMil, con un agradecimiento súper especial a Dairo.

Igualmente, agradezco el apoyo que recibimos desde el Centro Ático de la Universidad Javeriana, a la cabeza de Germán Franco y todo su grupo de producción, quienes le dieron forma al material audiovisual e interactivo que se encuentra distribuido en los espacios.

A Ernesto Montenegro, director del ICANH, con quien seguimos trabajando en el perfilamiento de nuestro vínculo, por medio del cual el pasado prehispánico y la mirada etnográfica pretérita y contemporánea sigue teniendo lugar a través de sus colecciones, que el Museo Nacional custodia y conserva con atención y cuidado. 

A la Asociación de Amigos del Museo Nacional, que hoy preside Mario Pacheco Cortés y que en su momento fue dirigida por Jorge Cárdenas Gutiérrez, quienes realizaron una gestión que permitió la obtención de una serie de recursos financieros desde el Ministerio de Hacienda para poder materializar estas nuevas salas, sumado a las partidas presupuestales del Ministerio de Cultura en los años anteriores. No quiero dejar de mencionar que nuestro norte es completar la renovación de lo que resta del primer piso y las tres áreas adicionales del tercer piso en el 2023, cuando se cumplirán los doscientos años de creación de este museo.

Ahora bien, si nuestra querida ministra y el Gobierno nacional nos hacen el milagro de tener estos recursos para completar este proceso antes del 2023, mayor será la alegría de la ciudadanía, en la medida en que podrá disfrutar más pronto de este museo plenamente renovado, actual y cada vez más visible. Ya hemos dicho que la esperanza es sumar más que restar.

Y esa suma tiene que ver con la forma como hemos convocado a este evento y que se va a convertir en la estrategia para seguir comunicando la relevancia del Museo Nacional de Colombia para la ciudadanía: este paso nos sigue llevando a que el Museo Nacional se vea como un lugar donde, sin llegar a ser exhaustivos y agobiantes, puede caber la guerra, la paz, los objetos, los oficios, las memorias, las personas, las regiones, la vida, la muerte, las fracasos y las victorias. Un lugar que hable de Colombia, que es flora, que es agua y fauna, que es verde, que es libertad y esperanza.

Estos últimos conceptos no son gratuitos, pues hacen parte de la obra de una de las diseñadoras gráficas más importantes que tiene nuestro país, Marta Granados, con quien hoy abrimos nuestro gabinete de adquisiciones recientes, con esa serie de afiches que realizara en hace unas décadas y que no podían encontrar un mejor lugar que el Museo Nacional de Colombia.

Lo anterior nos indica que este sitio es, entonces, un lugar donde se suma el diseño gráfico con las artes plásticas, los oficios tradicionales, la cinematografía, la fotografía y el diseño industrial; en pocas palabra, con lo que, de manera creativa, significa ser colombianos.

De esta manera, el Museo Nacional de Colombia se presenta como el lugar donde cabemos todos, donde reconocemos nuestra común humanidad, donde la potenciamos y vitalizamos, la ejercitamos ejercitemos y aún no evitamos debatir sobre ella.

Termino diciéndoles primero que mucha agua ha pasado y seguirá pasando por debajo de este puente. Las memorias y las historias son esa agua, el puente es este museo, que une el pasado con nuestro presente, sin desconocer que, cuando lo cruzamos, siempre tenemos el futuro por delante, independientemente del lado por el que iniciemos el recorrido: se trata de un puente de doble vía.

Quisiera añadir a esta imagen una frase del presidente Iván Duque, extraída de sus reflexiones publicadas por el diario El Tiempo el pasado domingo 7 de abril, a propósito de los acuerdos obtenidos en la mesa de conversaciones entre el Gobierno y la Minga indígena. Dice el presidente de la república: “No hay colombianos de primera y de segunda, ni el reclamo de unos puede traducirse en el desprecio por las necesidades de los otros. Este es un gobierno de todos y para todos los colombianos”. Muchas gracias ministra, por depositar su confianza en este lugar y en el liderazgo que seguimos ejerciendo, en compañía de este grandioso equipo de un poco más de 100 personas, entre las áreas misionales, administrativas, operativas y los grupos de servicios generales y seguridad. 

Seguiremos adelantando con entusiasmo esta tarea de integración de memorias e historias, en un ejercicio donde sumar cuente más que restar. 

¡Un Museo Nacional que es de todos y para todos y en el que quepamos todos!



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